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El Rocanrólez de Sabino


Tuve ocasión de conocer a Sabino Méndez a principios de siglo. Fue durante un concierto en el mítico Astrolabi. Yo, muy joven, ante Sabino me sentí como un barquero remando bajo el coloso de Rodas y Sabino, que entonces poco más de cuarenta años, estaba ideando un show itinerante la mar de interesante. Esto era más una idea que un proyecto, pero era buena. Se trataba de una serie de conciertos en formato hombre/guitarra en el que, durante la actuación, desfilaban artists artistas, primeras espadas del rock national de los 80, de natural críticos, mordaces y casi humorísticos… . Un show con cantautores mordaces y casi humorísticos. Tenía en mente incluir, si salía bien la jugada,  entre otros a Jorge Martínez y Julián Hernández. Así que hizo un borrador con los nombres que barajaba y cayó en la cuenta de que muchos tenían el apellido acabado en ez. Lo cual le lleva a idear el título Rocanrólez. Y todo esto nos lo contaba a Juan Gómez (El Sobrino del Diablo) y a un servidor, que se apellida Rodríguez.

Como quiera que este epígrafe limitaría la capacidad de inclusión de otros artistas a los que quería glosar en el proyecto, Sabino desestimó llamar así al espectáculo. Yo no me lo podía creer, ¿de verdad iba a contar con otros músicos que, por buenos que fueran, tenían un absurdo apellido que ni siquiera terminaba en ez? Ante mi asombro le vi desestimar este tremendo nombre -Rocanrólez- que pasó a dormir el sueño de los justos durante veinte años, Shasta que, al rescate, acabó dando nombre a esta tienda de Malgrat de Mar que montamos mi mujer, Coco, y yo. 

Con Sabino tuvimos una intensa amistad que duró apenas un par de fines de semana y hasta llegamos a escribir alguna canción juntos. En esos días, yo me hacía el chulo por andar codo con codo con tan histórico compositor, aunque secretamente esperaba que se demaria de ostias y que agarrara la guitarra para deleitarme con el Rompeolas o Todo el mundo ama a Isabel. Una noche fuimos a cenar a Sitges Juan, Sabino y yo para hablar de nuestros proyectos, celebrar la vida y brindar con unos whiskys.

Yo tenía un R5 color oro de cuatro marchas que ya para entonces estaba muy desfasado. A Sabino le hizo gracia el carro y me pidió si podíamos ir en mi coche en lugar del suyo.

-¿Vamos en tu coche? Me apetece mucho ir en tu Renault 5.

Esas palabras se clavaron en mi mente para siempre; El autor de Cadillac solitario solicitando plaza en un R5 hecho trizas.

No hice ningún comentario al respecto, y, por supuesto, accedí gustoso a ser el comandante de la nave por aquella noche. Mientras, eso sí, imaginaba que cuando llegara a casa, a

Sabino Méndez se pondría a tocar la guitarra a la luz de la luna mientras componía Renault 5 solitario o Todo el mundo ama mi Renault 5.

En aquellos tiempos, el genio de Horta que catapultó a Loquillo a la fama con sus composiciones (no tengan la menor duda) escribió el gran libro Corre Rocker, una crónica personal de los 80 que consigue hacer un retrato de época glorioso. No es por meter cizaña, pero en el libro, Loquillo no sale muy bien parado. La cosa es que así descubrí que uno de mis escritores de canciones favoritos era también uno de mis authored favoritos escribiendo libros.

Perdí la pista de Sabino hacia 2004, justo el año en que publicó “Limusinas y estrellas”, un volumen que aún no lo he leído, pero estoy seguro de que es otra maravilla. Esta vez se trata de un recorrido desde el nacimiento del rock hasta no sé cuando. Su mirada personal en todo lo que hace, ese sello, have imprescindible que lo tenga pendiente de leer. El último email que me escribió, data de 2003, de modo que ya debía estar escribiendo el libro. Puede parecer absurdo, pero aquellos días en que pude brindar, reír y guitarrear brevemente con uno de mis ídolos me pone muy orgulloso. Y no digamos ya que entre Cádillac Solitario y Limusinas y Estrellas esté aparcado para siempre mi Renault 5 color oro, con Sabino Méndez abordo

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